Hace unos días tuve la oportunidad de participar en el evento de la Sociedad Española del Dolor sobre prescripción de ejercicio terapéutico en pacientes con dolor crónico, un espacio de alto nivel donde se abordaron distintos enfoques clínicos basados en evidencia.
Mi intervención se centró en un tema que rara vez ocupa el lugar que merece: la desigualdad social en el abordaje del dolor y del ejercicio terapéutico.

El problema no es solo qué ejercicio prescribimos
En clínica solemos preguntarnos:
- Qué ejercicio es el más adecuado.
- Qué dosis, qué progresión, qué intensidad.
Pero con demasiada frecuencia olvidamos una pregunta previa:
¿en qué contexto vive esta persona y qué margen real tiene para adherirse a lo que le proponemos?
Hablar de ejercicio sin hablar de condiciones sociales es asumir, de forma implícita, que todos los pacientes parten del mismo punto. Y no es así.

Desigualdad, dolor y capacidad de acción
Durante la ponencia planteé cómo factores como:
- Nivel socioeconómico.
- Tipo de trabajo y carga física o mental.
- Acceso a espacios seguros para moverse.
- Tiempo disponible, conciliación, fatiga acumulada.
condicionan profundamente la experiencia de dolor y la posibilidad real de cambio conductual.
Prescribir ejercicio sin tener en cuenta estas variables no es neutral:
favorece a quienes ya tienen recursos y penaliza a quienes no los tienen.
El riesgo de una fisioterapia “ciega al contexto”
Cuando no incorporamos estas diferencias:
- Interpretamos la falta de adherencia como falta de motivación.
- Confundimos barreras estructurales con resistencia del paciente.
- Diseñamos intervenciones técnicamente correctas, pero clínicamente inviables.
El resultado no es solo menos eficacia.
Es más frustración, para el paciente y para el profesional.

Hacia una prescripción de ejercicio más justa y realista
El mensaje central fue claro:
una fisioterapia moderna no puede ser solo basada en evidencia; debe ser también sensible al contexto social.
Eso implica:
- Ajustar objetivos funcionales a la realidad del paciente.
- Entender el ejercicio como una herramienta flexible, no como un ideal normativo.
- Integrar educación, acompañamiento y toma de decisiones compartidas.
No se trata de “bajar el nivel”, sino de hacer que el nivel sea alcanzable.
Hablar de desigualdad en dolor y ejercicio no es un tema incómodo: es un tema necesario.
Si queremos que el ejercicio terapéutico sea realmente transformador, tenemos que dejar de prescribir para pacientes ideales y empezar a diseñar para personas reales.
Espacios como este evento de Formación Dolor permiten abrir conversaciones que van más allá del protocolo y entran en el terreno donde, de verdad, se juega la clínica.
